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Desarrollo sostenible, modelos y sistemas de medición

“El desarrollo sostenible es básicamente una cuestión de valores y de actitudes ante la vida. El diálogo continuo y las políticas que lo alientan, tanto en los negocios como en la sociedad civil son, por estas razones, estrictamente necesarios. Una sociedad en la cuál todos sientan el deseo y la capacidad para asumir responsabilidades es la condición esencial para cualquier estrategia de sostenibilidad”

El concepto de desarrollo sostenible es, por encima de todas las controversias a las que ha dado lugar desde que fue acuñado oficialmente a finales de la década de los 80 del pasado siglo, singularmente atrayente para el investigador. Y lo es porque, de una u otra manera, humaniza – o al menos pretende hacerlo – la ciencia económica. Los paradigmas clásicos y tradicionales de la economía ortodoxa vigentes (maximización, optimización, etc.) comienzan ponerse en relación con temas de marcado carácter social y no por ello menos importantes: salud, equidad, justicia intergeneracional, respeto al medio ambiente y los recursos naturales, educación, protección de las minorías, democracia, libertades y participación social, etc. En definitiva, con valores que previsiblemente no sean, en su conjunto, objeto de mercado ni forman parte de un sistema de precios, pero obedecen a una demanda cada vez más importante de lo que se podría denominar bienestar social y colectivo.

Independientemente de que se trate de un tema, como se decía controvertido, es de justicia reconocer que en el Informe Brundtland se haya formulado y propuesto de forma oficial; con ello se ha introducido un debate necesario y que se presupone será cada vez más rico en aportaciones. También ha servido para que los gobiernos democráticos vayan más allá del límite que imponen las elecciones y sin desatender las necesidades de la ciudadanía en ese corto plazo (Holmberg y Sandbrook, 1992), sean capaces de establecer planes de sostenibilidad a medio y largo plazo, donde se desarrollarán las generaciones futuras.

Y así lo han comenzado a hacer tanto organismos internacionales (OCDE, 2000; UE, 2001) como gobiernos de países tales como Alemania (2000), Austria (2001), Bélgica (2000), Canadá (2000), Finlandia (2000), Francia (2001), Reino Unido (2000) y Suecia (1999). Todos son muy cercanos en el tiempo y sería de desear que más allá de un compromiso con la modernidad del planteamiento, en un futuro ofrezcan resultados concretos. El documento de consulta que contiene la estrategia española para el desarrollo sostenible es el más reciente (2002) de todos ellos y se trata de una declaración inicial de intenciones.

En este contexto, la presente Tesis Doctoral busca cuatro objetivos concretos: en primer lugar, tratar de acercarse con profundidad al concepto de desarrollo sostenible y a su contenido. En segundo término, analizar detenidamente los modelos teóricos de la sostenibilidad. En tercer lugar, revisar las formas de medirla para, por último, generar un nuevo sistema de cuantificación de este nuevo desarrollo y aplicarlo. La investigación realizada sigue sistemáticamente el orden de esos cuatro objetivos.

Toda la literatura reciente relativa a las ciencias sociales y medioambientales, coincide en una cuestión: en la temática del desarrollo sostenible existe un antes y un después de la definición de Brundtland (CMMAD, 1987), establecida en 1987 durante la Conferencia de Estocolmo y dentro del Informe Nuestro Futuro Común. Los últimos quince años han sido una sucesión de ingentes aportaciones para tratar de esclarecer y desarrollar el concepto allí nacido oficialmente. Tan es así que desde esa fecha, se han contabilizado entre cien (Jiménez Herrero, 2000, 100) y doscientas definiciones, cada una de las cuales parte de valores y prioridades distintas (Bermejo, 2001, 93).

La cuestión más importante radica en averiguar cómo es posible que un simple término – o en su caso, la filosofía que encierra – haya movido en tan poco tiempo tanta literatura. La primera consideración estaría en el hecho de que, por definición, nadie puede oponerse a una idea de naturaleza intrínseca tan positivista; al principio de desarrollo sin degradación (Smith, 2000). Sería como oponerse al concepto de Dios o de la maternidad (Redclift, 2000; Atkinson y otros, 1997, 2; Pearce y otros, 1989). Tan es así que hasta los principios religiosos imponen – prácticamente en todas las doctrinas sin excepción – un respeto hacia los dones naturales y su conservación, lo que define, sin duda, un comportamiento personal y ético generalizado que lleva a adoptar la sostenibilidad como algo intrínsicamente bueno (Daly, 1996, 205 y ss.). La segunda cuestión radica en su versatilidad, que hace que el discurso de la sostenibilidad tenga tal aceptación que puede utilizarse de diversas maneras – muchas veces contradictorias – para apoyar gran variedad de agendas. La adhesión a este discurso representa, especialmente para la actividad política, el punto más alto de la tradición modernista (Redclift, 2000), lo que lleva a utilizarlo más como un conjuro que como un concepto útil para entender y solucionar los problemas del mundo real (Naredo, 1998).

Comprender el alcance del término y de lo que encierra, el papel de los organismos internacionales en su concreción y desarrollo y avanzar en el análisis de la presencia del mismo en la evolución de las doctrinas económicas, conforman los objetivos del presente trabajo.

Federico Martín Palmero

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