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“La geografía, ayer y hoy” por el profesor Horacio Capel

Una clase magistral del Profesor Horacio Capel. Catedrático de la academia de ciencias

Profesor Horacio Capel. Catedrático de Geografía Humana de la Universidad De Barcelona. Académico de la academia mexicana de ciencias. Doctor Honoris Causa por la Universidad de Buenos Aires. Director de Scripta Nova. Revista Electrónica de Geografía. Conferencia celebrada en la Sala Quinto Centenario de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Valparaíso, Chile. VII Coloquio Internacional de Geocrítica, 2005.

Entrevista a Horacio Capel por Equipo Bifurcaciones de la Revista de Estudios Culturales Urbanos. La ciudad es el mejor invento humano

Tema: Urbanismo y antiurbanismo en la ciudad contemporánea

Equipo bifurcaciones (eb): En la planificación urbana actual ha ido adquiriendo cada vez mayor protagonismo una herramienta que quizás se ha utilizado desde siempre, pero que hoy posee una racionalidad y una fuerza nuevas: hablamos del marketing urbano, utilizado para atraer personas y recursos, y para promocionar y vender las ciudades. Nos gustaría saber cuál es su opinión sobre este fenómeno, uno de cuyos casos paradigmáticos es precisamente Barcelona.

Horacio Capel (HC): Creo que todo está bien si se hace bien. El que haya gobiernos que quieran promocionar su ciudad y hacerla visible a escala mundial, no me parece mal, pero todo depende de cómo se haga. En Barcelona, efectivamente creo que se logró un éxito en este sentido; la manera en que Barcelona se ha situado en el contexto mundial, la imagen que hoy se tiene de ella, tienen que ver con decisiones que fueron acertadas: la gestión de los juegos olímpicos, la gestión de problemas urbanos que se inicia en los años ochenta, el trabajo realizado por un gobierno socialista con apoyo comunista durante varios años, son cosas muy positivas.

Pero también hay otras cosas que se pueden criticar: yo mismo he publicado un libro ahora, El modelo de Barcelona. Un examen crítico, donde cuestiono algunos aspectos de ese modelo. Por ejemplo, creo que hay que hacer el urbanismo de manera diferente, no tanto desde los técnicos y urbanistas, sino con mucha más participación de la población, de los ciudadanos. Hay que tener más capacidad de diálogo. Creo que la obsesión de la modernidad no debe llevar a destruir las señas de identidad, como pasó por ejemplo con el Pueblo Nuevo en Barcelona, donde la obsesión por crear un área nueva productiva en las nuevas tecnologías ha llevado a arrasar un tejido industrial que tenía interés. El empecinarse en que los técnicos –arquitectos e ingenieros- y políticos siempre tienen la razón me parece negativo, lo que debe llevarnos a pensar en nuevas formas de hacer el urbanismo.

e.b. Esto es interesante, porque uno de los elementos que más destacan los promotores de este “nuevo urbanismo” es que ellos han dejado atrás la arrogancia de los viejos planificadores urbanos, que con un plumón sobre el papel dibujaban y organizaban las ciudades como si fueran semidioses. ¿No constituye este voluntarismo y ausencia de participación que Ud. señala el mismo pecado de la planificación racionalista?

H.C. Efectivamente: durante los años ochenta hubo un debate contra el planeamiento, contra el plan, y se postulaba que la idea que los planes generales de renovación urbana, tan ambiciosos, no tenían sentido, y que había que poner énfasis en los hechos concretos y en la gestión. Pero eso también se cuestiona hoy: ¿cómo vamos a gestionar parcelas concretas de la ciudad, si no sabemos hacia dónde queremos ir?

El tema de la participación, por otra parte, es muy hablado, pero no se traduce en participación efectiva; por el contrario, hay mucha desconfianza frente a los movimientos vecinales. En España, por ejemplo, fue la presión vecinal la que permitió que muchas ciudades se modificaran, pero cuando llegaron las elecciones políticas se dijo que ya no había que negociar con asociaciones que no eran tan representativas como los políticos electos. Hay políticos y técnicos que se niegan a escuchar una crítica, lo que es asombroso. Todo eso puede llevar a actitudes arrogantes por parte del poder, y yo creo que los ciudadanos debemos enfrentarnos. Los gobiernos tienen que gobernar, porque para eso han sido elegidos, pero deben también negociar, deben escuchar reclamaciones que muchas veces son sensatas.

Por ejemplo, en el Pueblo Nuevo están empecinados en destruir un tejido industrial del siglo XIX, que tiene un interés arquitectónico muy grande, e industrias que están todavía actuando, y pequeños talleres. No puede ser que se haga una ciudad igual a todas las norteamericanas, y que se destruya un tejido importante de la identidad.

e.b. A pesar de la retórica tradicional, inclinada a la ciudad compacta, sobre todo en el ámbito europeo, la evidencia empírica muestra que el urbanismo actual ha favorecido de manera importante la ciudad extendida, a través de –por ejemplo- los grandes proyectos inmobiliarios suburbanos. ¿En qué medida esto es producto de la imbricación entre un nuevo modelo de gestión y desarrollo urbano, y cierto espíritu “antiurbano” presente hoy en las grandes ciudades?

H.C. En España, al igual que en Estados Unidos y América Latina, ha habido un aumento extraordinario de proyectos suburbanos compuestos por casitas unifamiliares. El precio de vivienda en la ciudad es prohibitivo: las familias jóvenes no encuentran sitio en la ciudad, y deben irse a la periferia, a municipios rurales que están a 50 kilómetros de distancia. Y lo hacen, además, por la “ideología clorofila”: la naturaleza, los pajaritos, el contacto con la naturaleza… y uno les puede decir, “¡desgraciados, los pájaros y la naturaleza, y tú con dos coches pidiendo que hagan más autopistas porque si no te atrancas en la naturaleza!”, y eso es una contradicción (risas ). Pero por otra parte están los promotores: la oferta más barata esta ahí, porque los promotores encuentran más facilidades para negociar con pequeños ayuntamientos que con otros más grandes. Las estrategias de los pequeños constructores lleva entonces a que la vivienda nueva se dé fuera de la ciudad.

e.b. Entonces, más que de un sentimiento antiurbano, estaríamos en presencia de ciudadanos compelidos a abandonar las ciudades por cuestiones mercantiles.

H.C. Sí. Dentro de la ciudad hay mucha gente que critica a la ciudad. Hay una fuerte tradición de crítica que yo recorrí en el artículo “Gritos amargos contra la ciudad”: la ciudad es lo maldito, el cáncer, la prisión. Yo le pregunté a un profesor de la Universidad a la Distancia, que repetía ese discurso, que por qué no se iba de la ciudad, dado que podía hacerlo, y me dijo que no, que se fueran los otros, que él estaba bien ahí (risas ).

Es decir, esa tradición de rechazo a la ciudad es una visión intelectual, pero no va en serio. Los que se van afuera no es que sean antiurbanos; es porque no encuentran viviendas a un precio asequible. Claro, además están en contacto con la naturaleza, y todo eso que se relaciona con las estrategias de marketing de los promotores para vender esas parcelas. Sin duda esto tiene ventajas, pero también inconvenientes. Yo estoy absolutamente en contra de ello, porque contribuye a aumentar el coste social de la urbanización. Hay toda una ideología muy individualista, muy aislacionista, de irse a la naturaleza sin tomar en cuenta el costo social y económico de esa urbanización, para vivir de modo muy atomizado… y la tradición de la ciudad compacta, donde uno puede bajar a utilizar un equipamiento, hablar más fácilmente, andar de noche, volver en taxi sin prever qué hacer, todo eso tiene una ventaja considerable. Creo que muchos de los que se van quieren vivir en la ciudad, pero no pueden.

e.b. En “Gritos amargos contra la ciudad” Ud. hace un recorrido breve pero muy preciso de distintas variantes del discurso antiurbano: de Grecia a Roma, el cristianismo, el romanticismo… ¿Cree Ud. que sea posible hablar hoy de una crítica antiurbana más propiamente latinoamericana?

H.C. Han pasado tantos años que ya se ha generado una tradición latinoamericana propia, que es medio complejo de inferioridad, medio crítica de todo, un maximalismo que quiere vivir bien, como millonario norteamericano… sumado a un desconocimiento de la propia evolución histórica, de lo que ha sido el pasado y de las ventajas que desde entonces se han obtenido. O sea, es una mezcla muy curiosa, una aceptación acrítica a este concepto elaborado fuera.

En Buenos Aires, en Santiago, en San Pablo, hay estudiantes universitarios que me dicen “es que somos países subdesarrollados”… ¡pero cómo! San Pablo es una de las ciudades mas dinámicas del mundo, Buenos Aires una de las más bellas… “No, es que hay mucha pobreza”, me dicen. Bueno, ¿pero es que no hay pobreza en los Estados Unidos? Existe un mecanismo que lleva a aceptar estereotipos acuñados afuera, que impiden ver la realidad. Ahora están con eso de las clases subalternas, y conceptos elaborados por sociólogos y antropólogos ingleses en la India, y lo están aplicando a Chile o a Colombia… ¿Es que han perdido la cabeza? ¿Qué tiene que ver India con Colombia o con Chile? Chile se constituyó como país independiente antes que Alemania, antes que Italia… ¿de qué me están hablando entonces? Falta muchas veces sentido común…

e.b. Pero ocupando una distinción suya, en este caso estaríamos en presencia de una crítica a la sociedad más que a la ciudad misma…

H.C. Claro, a veces lo que se critica es la sociedad, y no cosas propiamente de la ciudad. Yo soy de los que siguen pensando que el futuro es la ciudad universal, todo urbanizado… La ciudad es donde los pobres han dejado de ser pobres, donde ha habido posibilidad de ascenso social, donde ha surgido toda la innovación. La ciudad es el mejor invento humano, y estas críticas a la ciudad son críticas a la sociedad. “Nunca ha habido tanto analfabeto como en la ciudad”, se dice por ahí… ¡pero qué me dicen, si en la ciudad es donde la gente se ha educado, donde está la ciencia, la cultura! Creo que falta sentido común y perspectiva histórica; esa visión catastrofista que existe hoy, desde luego que no la comparto.

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