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Geografía y escuela

Es obvia la rigidez intelectual y didáctica que trasuntan los actuales programas de Geografía, especialmente en el colegio secundario. El afán por la transmisión del dato y por el aislamiento del tema, antes que por la traslación de la información y el establecimiento de relaciones entre los temas, lleva inevitablemente a que  la Geografía se transforme en un tedioso inventario, nunca exhaustivo (lo que sería inimaginable), sin la menor capacidad explicativa, cada vez más alejado de la experiencia, desvinculado de los avances de la Geografía académica y jamás dirigido a captar el interés de los alumnos.

Carlos E. Reboratti. Licenciado en Geografía, Universidad Nacional de Buenos Aires. Director del Instituto de Geografía de la Facultad de Filosofía y Letras, UBA. Investigador Independiente del CONICET.

Cuando nos referimos a la explicación, no significa remontarnos a los fundamentos teóricos de los hechos geográficos (lo que se desprende del enfoque con que el docente aborda los temas), sino simplemente a la selección de aquellos que se consideren relevantes, el establecimiento de relaciones causales y complejas entre ellos y a la construcción y aplicación de conceptos que promuevan actitudes de comprensión y futura acción del espacio geográfico.

Cuando decimos captar el interés, no estamos pensando en transformar la materia en un objeto intrascendente y frívolo, sino simplemente que, ante la utilidad práctica de lo que se le enseña, se despierte la atención del alumno. Esto no quiere decir que se tienda a enseñar sólo lo útil, sino que la aplicabilidad se utilice como vía de entrada para los conceptos.

De cómo la Geografía llegó a ser lo que es

Si bien sería largo desarrollar una explicación del porqué de esa situación, podemos pensar que la Geografía positivista y su sucesora, la posibilista (las corrientes teóricas en las cuales se fundamentan los actuales programas), respondían a un momento histórico concreto con un esquema particular de conocimiento. Este momento estaba caracterizado, entre otras cosas, por el crecimiento del capitalismo como sistema económico hegemónico, la difusión del colonialismo como sistema de dominación política y social, el afianzamiento  del Estado/nación como forma político-territorial dominante, la entrada de los países europeos a un período de declinación demográfica y de concentración urbana posterior a la revolución industrial, la introducción creciente de la tecnología en la producción primaria (lo que a su vez llevó al uso desenfrenado de los recursos renovables y no renovables), la aparición incipiente de sistemas industriales en serie y de mercados concentrados de consumo, el crecimiento de la publicidad como sistema de inducción del consumo y la  creciente importancia de los medios masivos de comunicación y transporte.

El mundo del positivismo y el posibilismo creía ciegamente en el progreso y en la técnica, aunque no había evaluado claramente hacia dónde llevaban ambos. Esto en buena medida está representado en la Geografía (y también en cierta medida en la Historia), un saber que en el colegio no se pregunta ni se cuestiona nada, una Geografía de un mundo feliz sin contrastes ni desigualdades, sin hambre y sin miseria, sin ricos ni  pobres, naturalmente dividido en naciones/estado que viven en un mundo de armonía, sin dominados ni dominadores. El mundo que vino después fue diferente (tal vez ya era diferente en ese momento), pero ese  cambio no fue captado por la Geografía del colegio secundario, que quedó congelada en un pasado imaginario.

A todo eso hay que agregarle la particular posición de la Geografía como un saber dirigido a la formación de una identificación nacional (lo que podríamos llamar la creación de un imaginario nacional colectivo), en momentos cuando el Estado  nacional tenía una conformación más funcional que formal. No sólo se trataba de un Estado recientemente formado (en la práctica desde 1880, aunque el imaginario histórico coloque como fecha inicial a 1810), y que todavía no había consolidado sus fronteras, sino que además estaba incorporando aceleradamente una gran cantidad de inmigrantes, que cualitativa y cuantitativamente transformaban la sociedad: por ejemplo, Buenos Aires y Rosario eran prácticamente ciudades de extranjeros. Ante eso, la Geografía respondía con admirable firmeza: mostraba al Estado como un conjunto coherente y consolidado y a las fronteras que lo limitaban como elementos cuasi sobrenaturales, inamovibles resguardos mitológicos de la identidad nacional.

El problema básico que existe en la geografía escolar es que el mundo para el cual estaba diseñada ya no existe, ni tampoco existe la necesidad de mantener un guardián de la identidad nacional. Hay una enorme cantidad de nuevas situaciones, nuevos temas y nuevas perspectivas que rodean al alumno y a las cuales tiene un acceso directo por muchos medios (televisión, radio, diarios, revistas, celulares, etc.) que lo bombardean en parte con información, en parte con datos y sobre todo con opiniones no siempre claras ni jerarquizadas. Y no sólo el mundo ha cambiado: han variado también las interpretaciones que de él hacen  los científicos, entre ellos los geógrafos.

Ante todo eso, la Geografía, y sobre todo en la escuela secundaria, sólo ha respondido a través de la solitaria figura de aquellos maestros y profesores que individualmente han cambiado la forma de enseñar la disciplina, tratando de ponerse a tono con los tiempos. El alumno no recibe, por lo general, ayuda para comprender los problemas y las situaciones a las cuales se enfrentan a diario. A temas como la violencia, las desigualdades sociales y económicas, los problemas ambientales, los conflictos entre personas, sectores sociales, instituciones y naciones, la Geografía del colegio secundario no sólo no da respuestas, sino que tampoco ofrece herramientas para ayudar a entenderlos.

Desde el momento en que la Geografía que se imparte en el colegio fuera creada, han pasado dos guerras mundiales, el hombre ha llegado a la Luna, casi todos los días pasa un satélite por encima nuestro que nos envía una imagen detallada de lo que sucede, la población mundial ha llegado a 7.000 millones de personas, se ha controlado buena parte de las epidemias que antes azotaban al mundo, el hambre no es una amenaza global (aunque todavía existe), varios países se han creado y otros han desaparecido, la televisión llega a la mayor parte de esa población y se puede hablar por teléfono desde La Quiaca a Nueva York con sólo apretar una tecla: si todos estos cambios no justifican la necesidad de renovar qué y cómo enseñamos Geografía, quiere decir que es un saber irremediablemente obsoleto.

Geografía y ciencias sociales

A poco que se analicen los temas que toca la Geografía moderna, en cualquiera de sus vertientes, surge su evidente relación tanto con las ciencias naturales como las sociales, con la diferencia de que el tipo de lógica que utiliza la Geografía para su razonamiento se acerca mucho más a las segundas que a las primeras.

Forzando en algo las cosas podríamos decir que la Geografía es, en realidad, una ciencia social que utiliza para llegar a explicar los fenómenos que estudia algunos elementos provenientes de las ciencias naturales. Pero aquí surge un problema: si bien en el colegio no faltan disciplinas o enfoques provenientes del campo de las ciencias físicas y naturales, las sociales son, relativamente, muchas menos. Mientras que la Geografía y la Historia están firmemente ubicadas en el curriculum de la escuela media, las otras ciencias sociales son casi desconocidas.

Si enumerásemos al azar algunos conceptos generales, básicos en ciencias sociales y usadas en la vida cotidiana, pero que no encuentran espacio específico para su tratamiento explícito en la escuela, podríamos confeccionar una lista tal vez demasiado larga: Estado, sociedad, comunidad, sistema de producción, distribución, circulación, moneda, intercambio, finanzas, empresas, institución, profesión, corporación, autoridad, consenso, legitimidad, conflicto, poder, elites, actores, clases, grupos y sectores sociales, cultura, etc.

La pregunta a hacerse aquí  es: ¿debe ser la Geografía la introductora de estos conceptos o debe dejar dicha tarea para otras materias y aferrarse estrictamente a un contenido geográfico? (Una de las afirmaciones preferidas de los viejos académicos al enfrentarse a trabajos realizados siguiendo marcos conceptuales diferentes a los clásicos es “eso no es Geografía”.) La respuesta al dilema depende de lo que queramos de la Geografía en el sistema educativo: si la idea es mantenerla como un inventario indiscriminado, las ciencias sociales no son necesarias (tampoco la Geografía, en realidad); si la Geografía intenta en cambio enseñar a pensar el territorio de la sociedad, es entonces necesario hacer referencia a los fundamentos básicos de estas disciplinas.

Así como la Geografía clásica pretendía ordenar el aparente caos de la realidad mediante la partición temática y el uso de clasificaciones y definiciones rígidas y universales que se debían memorizar, una Geografía dirigida al desarrollo intelectual debería tener como objetivo fundamental brindar herramientas conceptuales y prácticas para la comprensión de la realidad inmediata y mediata del alumno. Para ello, debería en primer lugar explicar el alcance de los términos que usa, y desde ese punto de vista la necesidad de apelar a las ciencias sociales es perentoria.

Esto no quiere decir que no existan diferencias entre la Geografía y el resto de las ciencias sociales. La geografía se caracteriza por tener como objeto de análisis el territorio específico adonde la sociedad se desarrolla: los hechos en Geografía suceden dentro de un marco espacial, concreto o abstracto según el nivel en el cual se esté trabajando. Además, la Geografía se diferencia de otras ciencias sociales por el uso explícito y continuo de un concepto clave: la escala, entendida ésta como la mirada de la Geografía, una forma de aproximación a los objetos que tiene en cuenta el tamaño objetivo y relativo de los mismos (individuales o en conjunto) y el grado de detalle con que se los quiere analizar.

Si el objetivo final de la Geografía en la enseñanza secundaria es analizar el conjunto de lo que más o menos vagamente podemos entender como la realidad expresada territorialmente (expresión que llegado el caso  podríamos reemplazar por cotidianeidad inmediata y mediata), a grandes temas (por ejemplo, los problemas de la economía mundial) corresponderá una aproximación o escala menos detallada; a pequeños temas (por ejemplo, el problema de las inundaciones en una ciudad), corresponderá una visión más minuciosa.

La escala no es una serie de compartimentos o dimensiones aislados el uno del otro (como si fueran diferentes anteojos con que miramos las cosas), sino que debería pensarse como un continuum conceptual y metodológico. Si a la idea de escala se le acopla la de proceso, se conforma un sistema tridimensional (tiempo/territorio), de gran capacidad para la comprensión de fenómenos complejos. La idea de introducir en la Geografía el concepto de proceso, parte de la base de no tomar a la realidad que rodea al alumno como algo dado e inmutable, sino como el resultado de la evolución y el cambio.

La ventaja de la Geografía, en ese aspecto, es que puede hacerlo manteniendo la idea de complejidad y relación del conjunto: los diferentes elementos que conforman el ambiente del hombre (ecosistemas, grupos sociales, organización territorial, etc.) se relacionan entre sí y de esa relación surgen continuamente ajustes, regulaciones y conflictos que dan como resultado una estructura en permanente cambio, tanto porque cambian sus elementos como también las formas de relación entre ellos.

En algunos casos estas modificaciones se producen sin dejar mayores trazas en el espacio, en otros, los rastros se van superponiendo, por lo que finalmente o sea tomando un momento en el tiempo el paisaje del hombre es una combinación de varios tiempos presentes. Y esta particularidad, trasladada a los alumnos  como conocimiento, les permitiría adquirir una mayor capacidad de comprensión del mundo que los rodea y, al mismo tiempo, le daría más flexibilidad al pensamiento usualmente dogmático (autoritario, podríamos decir) que tradicionalmente proveyó la Geografía.

Cada vez que se discute el tema de la necesidad del cambio en los planes de enseñanza, surge de inmediato explícita o implícitamente el tema de la escala: ¿qué se debería estudiar primero, lo local o lo general? Esto, traducido a otros términos, es: ¿comenzamos por el mundo que rodea al alumno para luego llevarlo a otros escenarios, o, al estilo de muchos de los programas nacionales vigentes para el colegio secundario (los primarios están considerablemente más adelantados en este sentido), comenzamos por lo general y más o menos abstracto, para luego ir al nivel global y finalmente bajar al nivel nacional, sin llegar nunca a introducirse en el nivel local? Esta discusión, interesante en sí misma, es intrascendente si lo único que se quiere cambiar es la secuencia de lo que se enseña y no lo que se enseña y cómo se enseña.

Tampoco hay que confundir escala con grado de simplicidad: que alguien analice un fenómeno en una u otra escala, no significa que lo que estudie sea más o menos complejo; por lo general, y particularmente en el caso de los fenómenos que estudia la geografía, las cosas son complejas a cualquier escala a que se las mire, simplemente usar una u otra significa que se miran (seleccionan) diferentes detalles y se analizan diferentes tipos de relaciones, sin negar esa complejidad. Esto significa que, en contra de lo que el sentido común podría indicar, lo local, por analizarse en una escala más cercana y detallada, no es necesariamente más simple.

Autor: Carlos E. Reboratti

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