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Flujo migratorio entre Brasil y Europa. Un caso de identidad de género

Desde finales de la década de los setenta un número significativo de travestis brasileñas llega a Europa, inicialmente a Francia, para insertarse en el mercado del sexo local. El flujo de travestis entre Brasil y Europa se mantiene hasta nuestros días, a pesar que los territorios “conquistados” y las modalidades del trabajo sexual hayan sido reconfigurados.

Sin embargo, poco se sabe sobre ellas. Se las considera como “hombres” que generalmente ingresan al territorio europeo para dedicarse a la prostitución. También es habitual que se las identifique como “gays travestidos”, destacando precisamente que es la sexualidad –homosexual- la que definirá sus identidades al mismo tiempo que –de forma anecdótica- se transvisten. Activistas y ONG´s más comprometidas con las identidades de género y la sexualidad las nombrarán como ‘transgéneros’, ‘trans’ o ‘transexuales’, invisibilizando muchas veces la particularidad de las travestilidades. En definitiva, las confusiones y el desconocimiento que envuelven a las identidades travestis son muy frecuentes y están arraigadas, sobre todo, en una larga tradición sexológica y médica.

El sexólogo alemán Magnus Hirschfeld utilizó en el año 1910 por primera vez el término “travestido” para referirse a una nueva categoría clínica que nombra a las personas que sienten compulsión por usar ropas del sexo opuesto. Se instauraba así que el “travestismo” era una variante diferente e independiente de la homosexualidad, entendida hasta el siglo XIX como una “inversión de género”. Años más tarde, se analizaron nuevos casos de personas que se sentían insatisfechas con sus cuerpos, pues no sólo querían vestir ropas del sexo opuesto, sino que deseaban asumir sus características físicas y mentales por completo. Se gestó en Estados Unidos la categoría médica “transexual” (Cauldwell, 1949) para comprender estos casos clínicos que requerían, según los especialistas, intervenciones corporales -operaciones de “cambio del sexo”- para adaptar el cuerpo a la mente. John Money fue el primero en utilizar el concepto “género” para nombrar al hecho psicológico por el cual una persona se sentía y comportaba como un hombre o una mujer, siendo una mujer y un hombre, respectivamente.

La distinción sexo/género se instaura así en el discurso médico para comprender la no concordancia de los/as pacientes entre su “sexo”, físico, asignado al nacer, y su “género”, en tanto rol social, deseado. Por su parte, Harry Benjamin diferenció el “travestismo”, donde los órganos sexuales constituían una fuente de placer, del “transexualismo”, donde los genitales se convertían en fuente de disgusto. De esta manera, se estableció que la transexualidad era un problema de identidad (de género), mientras que el “travestismo” fue entendido como una perversión sexual. Es destacable la enorme influencia que el modelo médico tuvo no sólo para definir y tratar a la transexualidad, sino también para patologizar a los “travestidos”. Incluso en la actualidad se sigue manteniendo en el manual internacional de diagnóstico de las enfermedades mentales (DSM) la consideración del “transexualismo” como un trastorno de la identidad sexual y del “travestismo” como integrante de las parafilias – o sea, de las desviaciones sexuales – bajo el nombre de “fetichismo transvestista”.

Como se analizará en esta investigación, las travestis están fuera de cualquier tipo de clasificación médica. No son simplemente “travestidas” porque no sólo se transvisten, sino que llevan a cabo modificaciones corporales permanentes para ser como mujeres las 24 horas del día. Tampoco, siguiendo las definiciones psiquiátricas son “transexuales”, pues las travestis no creen que nacieron con el “sexo” equivocado ni pretenden transformar su genitalidad para adaptar totalmente sus cuerpos al género anhelado. Por el contrario, las travestis han “escapado” a cualquier tipo de institucionalización médica porque, en realidad, se desconoce aún quienes son o se las incluye erróneamente bajo categorías (“travestidas” o “transexuales”) que no llegan a reflejar su particularidad identitaria. Precisamente, para evitar estas confusiones conceptuales, incorporo el término emic ‘travesti’ para revelar que las identidades travestis siguen otro recorrido independiente al de la perspectiva médica que hizo del acto de transvestirse (usar ropas del sexo opuesto) una perversión sexual. Si bien en el origen del concepto travesti no se puede obviar la alusión a los transvestimientos, las travestis van más allá del acto de transvestirse ocasionalmente. Por lo tanto, no puede confundirse la categoría ‘travesti’ con la de ‘transformista’. Los transformistas (transvestidos o, en términos médicos, “travestidos”) son personas que por un período de tiempo limitado se visten, maquillan y actúan como el sexo opuesto, generalmente para fiestas o espectáculos.

Por el contrario, como ya anticipé, las travestis modifican sus cuerpos de forma permanente y viven como mujeres a tiempo completo. Parto del reconocimiento que las travestis (término que no es empleado para pensar los tránsitos corporales de “mujer a hombre”) no son “perversas” ni “enfermas”, sino que constituyen un tipo de identidad de género en la cual belleza “femenina” y genitalidad masculina se conjugan para definir la particularidad travesti. Asimismo, el mantenimiento de sus penes hace que las travestis se diferencien también de las transexuales más ortodoxas para quienes las cirugías de reasignación sexual son un requisito necesario para vivir plenamente sus identidades de género.

La perspectiva feminista proporciona las principales herramientas teóricas y políticas para situar el marco de análisis del colectivo travesti. En tanto un sistema de ideas que pretende transformar las relaciones asimétricas y de opresión de las mujeres, permite comprender al género como una construcción social, en lugar de depender del sexo en tanto categoría biológica que justifica la opresión (Beauvoir, 1962 [1949]; Mead; 1961 [1935]; Rosaldo y Lamphere, 1974; Reiter, 1975; Rubin, 1975; entre otras). Sin embargo, a pesar de resaltar la variabilidad social, cultural e histórica de las relaciones de género para denunciar la desigualdad de las mujeres, estas académicas no cuestionaron al sexo como una realidad también provista de significación. Dicho de otro modo, los debates feministas que desafiaron al determinismo biológico, sobre todo, durante los años setenta, dejaron intacta la distinción naturaleza/cultura sobre la que basaban sus premisas. A partir de los años ochenta, diversos autores examinaron que lo biológico es asimismo una construcción cultural (Foucault, 1985; Laqueur, 1994; Butler, 2001 [1990]; Haraway, 1995; entre otras/os). Se establece que el sexo es un efecto del género pues es el propio género que construye las ideas que se tienen sobre la sexualidad y los propios cuerpos. La línea performativa es de gran utilidad para pensar que el género se hace a través de un marco regulativo que es producido discursivamente y es constituido mediante actuaciones repetidas que dan la apariencia de naturalidad.

El presente estudio revela que el género travesti se presenta como un acto performativo que sólo existe en ese hacerse continuo. En contra de cualquier tipo de identidad esencialista (ninguna persona nace siendo una travesti), el género travesti se constituye a través de una imitación idealizada de la feminidad: se visten, maquillan y transforman su estética de manera “(hiper)femenina”, pero –simultáneamente- sus cuerpos y deseos sexuales descartan toda inteligibilidad desde el momento en que se reconoce que tienen la capacidad de brindar placer sexual a través de sus “vigorosos” penes. La particularidad travesti, pues, evidencia que no sólo ponen de relieve cómo se hace el género, sino que al mismo tiempo descentran la manera en que los cuerpos se hacen legibles.

Las travestis encarnan un tipo ideal y ficcional de mujer y, al mismo tiempo, se sabe que al menos simbólicamente pueden hacer uso de una genitalidad típicamente “masculina”. Lo femenino y lo masculino interactúan, negocian, juegan y se articulan en un mismo cuerpo. En fin, deliberadamente las travestis pueden actuar tanto como mujeres y como hombres, sin ser mujeres ni hombres. Y la capacidad de esta doble actuación es la que las convierte, según su propia concepción, en personas “poderosas”. Las travestis no consideran sus cuerpos como un “error de la naturaleza”, tampoco reniegan del duro recorrido que tienen que transitar para modificar exteriormente sus cuerpos y convertirse en personas deseadas y admiradas. Definitivamente, transformarse en travesti forma parte de un acto que las empodera.

Julieta Vartabedian Cabral

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