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EL ESPACIO INTERIOR DE LA CIUDAD – Dr. Antonio Zárate Martín

Estructura interna y cambio urbano

Hoy, la sociedad avanza hacia una ecumenópolis de dimensiones planetarias, favorecida por procesos de convergencia espacio-tiempo que empequeñecen el mundo, y por la revolución tecnológica. En el año 2000, se estimó que más de la mitad de la humanidad viviría en ciudades. En ese contexto, el interior de las aglomeraciones se hace cada vez más complejo y sufre procesos de transformación convulsivos que alteran su morfología y estructura tradicionales. Todo ello es resultado de los profundos cambios económicos y sociales que han impulsado la sucesión de modelos urbanos a través del tiempo y del espacio, con fenómenos de sobreimposición y yuxtaposición de actividades y tramas que complican el funcionamiento de las aglomeraciones actuales.

De este modo, la ciudad preindustrial, cuyas huellas perviven en las áreas centrales de las viejas ciudades europeas y en algunos casos sigue vigente en países del Tercer Mundo, se caracteriza por una forma compacta. Este modelo corresponde a un espacio reducido, netamente diferenciado del entorno rural por murallas defensivas o límites definidos, donde los desplazamientos se efectúan a pie y la construcción se apiña en una ocupación intensiva del suelo. Con calles estrechas, de trazado más o menos regular y un caserío de una o dos plantas por encima del que sólo sobresalen iglesias y palacios.

Gran parte de la población trabaja en el campo, pero la industria artesanal, el intercambio, el comercio, son actividades importantes, junto con funciones secundarias de tipo religioso y administrativo. Viviendas, talleres, tiendas, mercados se mezclaban entre sí, sin que existiera separación entre lugar de residencia y lugar de trabajo, pero los trabajadores de distintos oficios tendían a ocupar calles o zonas concretas y la población se agrupaba espacialmente por origen étnico, cultural o religioso.

Dentro de esta forma de ciudad concentrada, las densidades de población eran altas y los distintos estratos sociales adoptaban una localización espacial concéntrica, con los grupos de mayor rango social ocupando las localizaciones centrales, cerca de las zonas más activas y de los espacios de poder, como las plazas donde se celebraban mercados, e iglesias y palacios.

La concentración de fábricas, capitales y población en las ciudades occidentales a partir de finales del siglo XVIII y principios del XIX, a raíz de la revolución industrial, por ventajas de economías de aglomeración, produjo un impacto tan grande en la forma de la ciudad y su estructura interna que el resultado fue la aparición de un nuevo modelo urbano: la ciudad industrial.

Durante un tiempo, la configuración urbana apenas se modificó, limitándose a soportar hasta extremos insostenibles de hacinamiento y de falta de condiciones de sanidad un crecimiento poblacional espectacular, más de seis veces su población en el caso de Glasgow (Escocia), entre 1780 y 1830, con proliferación de fábricas y «slums» o tugurios que convierten a las ciudades en lugares de muerte, con tasas de mortalidad del 20 y 30 por mil en la década de 1831 a 1841 en las cinco principales ciudades británicas.

Sin embargo, la acumulación de problemas urbanos, la aparición de sistemas de transportes colectivos, el deseo de los más ricos de escalar en la sociedad, contaminación y ruido del centro, y el rechazo de la (ciudad industrial por socialistas utópicos, anarquistas y reformistas, propiciaron una primera expansión de la ciudad y su evolución hacia un modelo urbano extenso o disperso. Todo ello se materializó en tempranos procesos de suburbanización y planificación urbana, con fórmulas de ciudad jardín, ensanches, ciudades nuevas, operaciones de renovación interior, y culminó en el triunfo del modelo urbano de dudad funcional y orgánica, con actividades y usos de] suelo segregados espacialmente, que se impuso con la difusión de los planteamientos urbanistas del funcionalismo y del organicismo, con la generalización del automóvil como medio de transporte popular, y con la separación física de actividades de dirección, en localizaciones centrales, y de producción en localizaciones periferias.

En la ciudad industrial, la población tiende a expandirse superficialmente, ocupando áreas cada vez más extensas a través de asentamientos suburbanos. La densidad residencial desciende progresivamente conforme aumenta la distancia del centro a la periferia, dibujando una curva exponencialmente negativa. La población disminuye desde las áreas centrales, en correspondencia con una edificación compacta y en altura, hacia las zonas semirurales de la franja periurbana. Más recientemente, después de la Segunda Guerra Mundial, las sociedades occidentales entraron en una nueva fase acelerada de cambios económicos, tecnológicos, demográficos, culturales y políticos que llegan a nuestros días y explican el modelo actual de ciudad postindustrial, de naturaleza dispersa, de elevada movilidad personal y bajas densidades residenciales en la periferia.

El impacto del modelo económico de acumulación

Dentro de los cambios recientes que inciden en la configuración de la ciudad actual destacan las transformaciones estructurales que experimentan las economías de los países centro en términos de lo que producen, cómo lo producen y dónde lo producen. Así, se pasa de la preponderancia de la agricultura e industrias manufacturadas al predominio de las actividades de servicio, y mientras se produce una mayor concentración y centralización de las funciones de control y dirección, avanza hacía la fragmentación de las operaciones de ensamblado, con especialización de regiones y naciones, buscando los costes más bajos de trabajo. A nivel urbano, las principales consecuencias de estos cambios son: la «desindustrialización» de áreas centrales y espacios metropolitanos de muchas ciudades situadas en viejas regiones industriales; la especialización de ciudades, dentro del concepto de ciudad global o ecumenópolis de C. A. Doxiadis (1970), en la elaboración, procesamiento y comercialización de información e inteligencia; y el desplazamiento de numerosas actividades a suburbios, con más bajas rentas e impuestos, mientras se consolida la localización de funciones de dirección en espacios centrales o de laboratorios en asentamientos clave.

De forma paralela, el modelo económico de acumulación, organización social y legitimación política que emerge tras la crisis económica de 1973-82 y caracteriza a las modernas sociedades post-opulentas, modifica las relaciones entre capital y trabajo, con recuperación de la iniciativa sobre salarios y empleo por parte del Capital. Ahora se acelera la división del trabajo internacional, regional y metropolitano; el estado reduce su intervención en la actividad económica y traslada el centro del consumo colectivo a la acumulación de capital.

Todo ello ha traído consigo un fuerte desempleo (de 3 millones en 1971 a 10 millones de parados a finales de 1981 en Europa Occidental) y una profunda modificación del mercado urbano, destacando el importante descenso de obreros manuales en la industria y el fuerte aumento del empleo en los servicios. Dentro de este sector, el mayor incremento ha correspondido: en primer lugar, a los puestos de trabajo que requieren mayor cualificación profesional, que gozan de alto nivel de seguridad y elevadas remuneraciones, relacionadas con servicios públicos, actividades de información y tareas de investigación; y en segundo lugar, a empleos a tiempo parcial y puestos que no exigen especialización y son escasamente remunerados, en el comercio y servicios de consumo (Gordon 1979). El resultado es el avance hacia una estructura socioespacial polarizada de la ciudad, con aumento de ejecutivos y tecnócratas, por una parte, y proliferación de trabajadores no cualificados y marginación de amplios segmentos de la sociedad, por otra. Las marginaciones afectan, sobre todo, a mujeres, personal no cualificado y personas perjudicadas por la desindustrialización, incapaces de acomodarse a las nuevas demandas de empleo y comportamientos propios de la sociedad postmoderna.

Por otra parte, la insuficiencia de un solo ingreso para mantener un nivel de vida aceptable obliga al trabajo de los dos miembros del matrimonio fuera del hogar y alienta el crecimiento de la economía Informal o sumergida. Como señala Pahl (1981), ello conduce a un nuevo modelo de organización familiar y a nuevas formas de relaciones (sociales, con repercusiones sobre la estructura del hogar y del espacio urbano.

Antonio Zárate Martín

Dr. Antonio Zárate Martín

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